Cartas al director. Alea iacta est

Escrito por  Isamar Cabeza Opinión Lunes, 15 Abril 2013 06:48
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Todo saldrá bien, no te preocupes cielo.

La angustia y la preocupación le pesaban como una cargada mochila sobre su espalda pero no quería compartirla con ella.

Bastante tenía con cuidar de los niños y la casa, como para encima preocuparla por la política del país.

Las tropas avanzaban a pasos agigantados y la voz de alarma saltó irremediablemente.

En pocos días el país era un enorme tablero de juego a vida o muerte, donde el huir era la única salida para los ciudadanos de a pie y donde el terror sembró calles y senderos por donde quiera que la milicia golpista fue surcando su itinerario de crímenes  y destrucción.

Aun se podían considerar afortunados, todo pasó,  la dictadura se consolidó y ellos  permanecían en su pequeña casa.

De nuevo las aguas volverían a su cauce,  y el país, bajo el nuevo régimen volvería a restablecer la paz y la rutina como orden del día, pensaba Miguel.

  • Dígale a su marido que salga- fueron las  tajantes palabras, con las que una noche Carmela abrió la puerta de su humilde hogar.

Las temibles figuras de los guardias a la entrada de su casa, hicieron que su corazón se contrajera como si se hallase dentro de un puño encerrado.

  •  Mi marido no está – acertó a mentir con un hilo de voz inverosímil.

 Su cara palideció y en sus ojos el miedo a lo irremediable se leía fácilmente.

 Cerró los ojos y se maldijo, por ser incapaz de controlar sus emociones, sus sentimientos.

Miguel pasó por su lado mirándola a los ojos, con el brillo de la despedida en sus pupilas  y un adiós escondido entre sus labios semi abiertos.

Sintió como su corazón se partía en mil pedazos, el dolor más intenso y horrible la visitaba para aposentarse en su pecho y no dejarla libre nunca más, en el resto de días que le quedaban por vivir.

  • ¿Dónde está papa? – preguntaron los hijos mayores, conscientes de la ausencia de su progenitor.
  • Tuvo que marcharse a trabajar fuera- dijo enmascarando su gran dolor- me encargo que os diera muchos besos y que os rogaba que crecieras como hombres de bien, que siempre vierais al vecino como a un hermano, que sembrarais bien por donde quiera que fuerais y que siempre, por sobre todas las cosas fueseis fieles a vosotros mismos, a vuestros ideales…

El dolor por la vida, injustamente sesgada antes de tiempo por la mano del hombre, el dolor por  la ausencia del padre, del marido,  la monstruosidad de dejar yacer su cuerpo por un camino cualquiera, perdidos sus restos entre los restos de otros tantos infelices en una fosa común, enterrados bajo una tierra que como única señal de sepultura le nacerían silvestres plantas de jaramagos…  ese dolor, ese inmenso dolor, jamás de los jamases, nada ni nadie ya, sería capaz de borrar de sus destruidas vidas.